Nos vimos como extraños en un jardín lleno de rosas. Nuestras miradas bailaron con el color de la primavera mientras nuestras manos rozaban las espinas. Arrancaste una rosa y me la diste mientras tus labios susurraban la pregunta de mi nombre. Nunca conseguiste la respuesta, porque las espinas de tu flor se me hundieron en los dedos y me puse a correr.
Nos encotramos frente al agua del anochecer. El sol que caia llorando nos observó mientras hablabamos sin palabras y nuestros sentiemientos acariciaban la arena. Tire una piedra al agua para distraer el pasado hasta el fondo del eterno oceano. Nunca me tocaste la cara para quitarme el frio de las ocho, porque tus pies se habian hundido en la arena junto a las cartas de aquel adios.
Nos cruzamos entre la multitud de la ciudad. Te observé mientras mirabas la hora y me giré antes de poder ver el tiempo perdido pensando en ti en tu reloj. Seguí hacia la acera contraria, como hice esa mañana sin nubes. Pero esta vez no me seguiste para convencerme que las siguientes veces que llamarías a mi puerta sería sin lluvia.
Nos deseamos cuando el calendario se acabó y caimos rotos a lados opuestos del campo.
miércoles, 3 de junio de 2015
jueves, 28 de mayo de 2015
No era pero fui
No creía en cuchilladas a la espalda, hasta que me convertí en la navaja. Nunca pensé que estaba rota, hasta que uno de los trozos desiguales me dejo una marca en la piel. Pensé que los ladrillos de la pared ya eran simples vallas de madera, no tres metros de cemento.
Yo suponía que la incertidumbre ya no rondaba a mi lado, si no que había cogido el tren hacia el otro lado del lago. Pero no, seguía a mi lado. Vino una mañana y se disolvió en mi café, confundiéndome los sentimientos y desorganizando mis prioridades. Me prohibió gestos o cambiar de rumbo. Se convirtió en mi mayor enemiga a la vez que mi excusa. El café inundado en ella ahora no sabe a promesas compartidas o a tardes de películas entre la oscuridad, si no al frio que se acumula en las manos cuando no hay sol y a tardes en el suelo deseando encontrar una respuesta firme.
lunes, 25 de mayo de 2015
25 de mayo
Me desperté junto a la luna y escuche las canciones de la noche. Mis pies saltaron de la cama a las dos de la mañana y mi cuerpo se dejó llevar por el insomnio. Salí a la terraza con el bolígrafo en la mano y en las hojas pintadas por la lluvia escribí mi relato. Sonreí mientras las palabras quedaban tatuadas en las ramas para siempre, mostrando el fin de un principio. Pasé una noche en vela entre velas que se apagaron cuando mi mente se encendió.
El sol entro por mi ventana a las ocho y mi corazón empezó a latir con antelación. El té me supo a recuerdos disueltos en confusión entre la realidad y la imaginación. Me senté en las nubes mañaneras, las cuales me dejaron permanecer en su paraíso hasta que se puso a llover. Llovieron besos, risas, bienvenidas, enhorabuenas, catástrofes y tropieces. Llovió hasta que me empape con felicidad, pero solo llovió a un lado de la pantalla.
Entre dulces y salados, volví a la rutina. Intenté meterme en el agua pero estaba me congelé antes de sentir el lago a mis pies. El frio de las olas me subió hasta el pecho, donde se acomodó hasta que el viento de primavera se lo llevó. Cuando el frio se fue, llego un calor que pensaba que ya no aparecería por mi lado. Este calor me sofocó hasta deshidratarme y me arropó hasta quedarme dormida con sus nanas.
miércoles, 6 de mayo de 2015
La opción no es gris
No me puedo obligar a hacerlo, sé que pase lo que pase acabará siendo un error, pero no le doy la espalda completamente.
Todo está en mi mente, todo el arrepentimiento de las acciones que todavía no han ocurrido. ¿Por qué tendría yo que pasar mis noche en un nudo de sin saber? ¿A qué parte del mundo tengo que ir si cualquier dirección que tome va a acabar siendo la equivocada?
Supongo que podrías decir que es tan simple como blanco y negro. Pero el negro me abruma cuando me baño en él. Su capacidad de sentirme sola será transferida a mi mente, no me dejará sentir nada más. Y el blanco es cegador, su luz sin color es punzante, hecha de sentimientos de remordimiento. No es tan fácil.
lunes, 13 de abril de 2015
Trece
La primera palabra me afecta como agua
fría por la mañana pero la segunda me calma como el calor del sol al abrir la
ventana. Subo la radio a la vez que mis manos empiezan a moverse. Se mueven
sobre una vieja fotografía marcada por dos pares de ojos marrones y un lazo que
se ha retorcido tantas veces que ni las tijeras más fuertes del tiempo
conseguirán romperlo. Mientras la cabeza se me llena de momentos, mis dedos se
excitan y se ponen a describir la flor en mi pared. La flor en mi pared es
roja, fuerte y brotó con determinación el día que las maletas pasaron por la
puerta. No es una flor desconocida, no. Esta flor brota en cualquier lugar que
mis labios denomina casa. Llora cuando lloro, canta cuando mi melodía se ha
acabado, sonríe cuando estoy feliz y, ante todo, permanece sol tras luna.
El lápiz se desliza por el
papel mientras mi mente vuela a manos juntas en aire y dos corazones
vestidos de negro latían a la vez. Todavía vibran mis cuerdas vocales de
aquella noche de euforia y promesas que se formaron con las notas de la
guitarra. Mi mano se sigue moviendo cuando mi memoria escala hasta esos paseos
entre los árboles y las estrellas, con un futuro entrelazado por delante y
similitudes imparables por detrás. Me acuerdo cuanto agradecí a la
luna esa noche: gracias por regalarme la flor más auténtica que existe en la
pradera, gracias por haberme elegido a mí para ser su compañera, gracias por
las letras de la canción que nos marcaron el mismo paso al brotar, gracias por
su apoyo, gracias por sus colores y sobre todo, gracias por iluminar nuestros
caminos para que acabaran siendo uno solo.
La melodía de nuestra canción sigue
subiendo por las paredes y forma el nombre de la mejor parte de mí: Lucía.
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